Folclor, memoria histórico-cultural y matriz colonial

 

Cultura · Identidad · Memoria histórica

Folclor, memoria histórico-cultural y matriz colonial

La controversia alrededor del Festival Folclórico Nacional Flor de Guate invita a discutir quién decide qué tradiciones representan a Panamá y por qué unas memorias reciben reconocimiento mientras otras son relegadas.

Fecha: 28 de septiembre de 2026Lectura: ensayo cultural  por Yadira Pino
Foto: Documenta de 15 de años del Festival Flor de Guate, Derechos Reservados

El folclor puede entenderse como un performance permanente mediante el cual los pueblos intentan recordarse a sí mismos de una determinada manera, en aquella forma en que sienten que están representados. Esa representación no se limita a una manifestación artística aislada, sino que se expresa en múltiples dimensiones de la vida cotidiana: en el sabor de los alimentos, en las actividades productivas básicas, en la indumentaria, en los objetos utilitarios y en las formas individuales y colectivas de habitar y expresar la cultura.

Desde esta perspectiva, el folclor no es una pieza congelada del pasado. Es una práctica viva mediante la cual una comunidad reconoce su propia existencia, reconstruye su memoria y actualiza las formas en que se siente representada.

El folclor como memoria viva

La polémica surgida alrededor de las declaraciones del profesor Milcíades Pinzón, en el contexto del Festival Nacional de la Mejorana, permite observar con particular claridad un problema más profundo: la existencia de una jerarquización del folclor, en la que algunas expresiones son consideradas principales, otras secundarias y otras prácticamente prescindibles.

Las raíces del Festival Flor de Guate se encuentran en la memoria de la artesanía de orfebrería veragüense, que tomó una de sus formas más depuradas en la obra del artista atalayero del siglo XX, Eustorgio Zeballos, creador de dos piezas: la flor de guate y los rompe corazones. Ambas son piezas de joyería que acompañan la indumentaria de la pollera veragüense y otras versiones de la pollera que visten diferentes regiones del país. Para el profesor Pinzón, quien, por ser sociólogo, con toda seguridad maneja esa información, este tipo de expresiones de la memoria histórico-cultural parecerían ser prescindibles.

La referencia despectiva al Festival Flor de Guate —presentándolo como un festival «inventado» o producto de «cualquier loquera»— no constituye solamente una descalificación de una actividad determinada. En el fondo, pone en evidencia una manera de entender la cultura en la que se establece que unas memorias tienen mayor legitimidad que otras y que, por tanto, unas tradiciones merecen ser reproducidas mientras otras podrían desaparecer sin que ello representara una pérdida significativa para la nación.

¿Quién tiene la autoridad para determinar qué parte de la memoria histórico-cultural de Panamá merece ser conservada y qué parte puede ser excluida del relato nacional?

¿Quién decide qué tradición merece existir?

La existencia de categorías implícitas de folclor «principal», «secundario» o «terciario» remite a una determinada matriz de pensamiento que puede ser analizada críticamente como una matriz colonialista, porque reproduce una lógica de clasificación, selección y exclusión de las expresiones culturales. Desde esa perspectiva, no todas las comunidades tendrían el mismo derecho a representar la nación ni todas sus memorias tendrían el mismo valor dentro del relato nacional.

Esa lógica no se limita al folclor. También puede reconocerse históricamente en otros procesos de construcción de la identidad panameña: en los relatos discriminatorios sobre los trabajadores afroantillanos —popularmente llamados «chombos»— que llegaron vinculados a la construcción del Canal; en los estereotipos construidos alrededor de las comunidades chinas dedicadas al comercio; y, en general, en aquellos mecanismos mediante los cuales determinadas poblaciones son colocadas en los márgenes de la memoria nacional.

El problema de fondo es, entonces, una disputa por la legitimidad de la memoria. Para una mentalidad colonialista, existiría una memoria histórico-cultural que debe ser reproducida porque se considera legítima, auténtica o representativa de la nación, mientras que otras memorias podrían ser minimizadas, subordinadas o incluso desaparecer del relato nacional por considerarse menos importantes, menos «puras» o menos representativas.

En ese sentido, la discusión sobre la autenticidad cultural puede convertirse en una discusión sobre la pureza: unas expresiones serían consideradas «puras» y otras «no puras». Esta manera de clasificar las culturas desconoce que las sociedades son resultado de procesos históricos complejos, de encuentros, intercambios, mestizajes, conflictos, adaptaciones y transformaciones.

La memoria también se construye desde abajo

Frente a esta lógica, resulta fundamental reconocer que los pueblos y las comunidades han continuado, durante todo el siglo XX y hasta el presente, una batalla por preservar y transmitir su memoria histórico-cultural, independientemente del origen de sus ancestros. En esa tarea, los docentes, los portadores de tradiciones y las propias comunidades han desempeñado un papel decisivo.

La continuidad de esas prácticas demuestra que la memoria cultural no depende exclusivamente de las instituciones que oficialmente la reconocen. También se construye desde abajo: desde las familias, los maestros, los artesanos, los músicos, los campesinos, los narradores, las comunidades y todos aquellos que mantienen vivas determinadas formas de expresión.

Por ello, una tarea importante no consiste simplemente en señalar a quienes reproducen una determinada concepción del folclor, sino en hacer consciente la ideología que existe detrás de esas concepciones. Muchas personas pueden defender una idea jerarquizada del folclor sin haber reflexionado necesariamente sobre sus raíces históricas. El problema no es solamente lo que piensan sobre un festival determinado, sino la estructura conceptual que permite considerar que unas comunidades tienen mayor derecho que otras a ocupar un lugar dentro de la memoria nacional.

Changmarín: folclor, pueblo y conciencia social

Es precisamente en este punto donde adquiere particular importancia la obra de Carlos Francisco Changmarín.

La obra de Changmarín proporciona una herramienta filosófica y pedagógica para comprender que el folclor no puede separarse de la vida social concreta del pueblo. Su reflexión permite observar que las manifestaciones culturales no aparecen de manera aislada ni son productos arbitrarios: están vinculadas con la experiencia histórica, las condiciones materiales de existencia, las relaciones sociales y la conciencia colectiva.

Desde esta perspectiva, el folclor puede ser entendido como parte de la construcción del ser social del pueblo, de su identidad y de su memoria. La décima, la música, la vestimenta, las prácticas productivas, la gastronomía y las demás expresiones culturales forman parte de una experiencia histórica acumulada.

Por eso, sin la obra de Changmarín resultaría mucho más difícil explicar pedagógicamente los fondos y las formas ideológicas de determinadas concepciones del folclor y de determinados proyectos de nación.

Su pensamiento permite mostrar que detrás de la definición aparentemente inocente de aquello que se considera «auténtico» puede existir una determinada concepción de la sociedad, de la identidad y de la nación. Permite, además, analizar cómo una idea de nación puede construirse incorporando unas memorias y dejando otras en una posición secundaria o fuera del relato.

Del debate por un festival a una memoria nacional plural

La discusión planteada por la controversia del Festival Flor de Guate adquiere así una dimensión mayor. Ya no se trata solamente de defender un festival frente a una descalificación. Se trata de abrir una discusión sobre qué entendemos por folclor, quién produce la memoria cultural, quién la transmite, quién la legitima y quién tiene la capacidad de excluirla del relato nacional.

Desde esa perspectiva, el desafío del Festival Flor de Guate no debería ser únicamente demostrar su legitimidad como celebración atalayera y veragüense. Su desafío histórico puede ser más amplio: convertirse en una plataforma pedagógica para comprender que la memoria cultural de Panamá es plural, compleja y construida por múltiples comunidades.

El folclor, entendido de esta manera, deja de ser una competencia entre festivales y se convierte en una herramienta de reconocimiento social. Cada comunidad puede recordar y expresar su propia experiencia histórica, sin necesidad de que la existencia cultural de una comunidad dependa de la desaparición o subordinación de otra.

La defensa de la memoria de Atalaya, por tanto, no tiene que traducirse en la negación de la memoria de otros pueblos. Por el contrario, puede convertirse en una defensa de la idea de que todos los pueblos tienen derecho a construir, preservar, transmitir y renovar su memoria histórico-cultural. Esa misión debe encarnarse en las acciones de las organizaciones y en la potencia social de la gente de las comunidades, pero también debe transformarse en institución y en política de Estado para constituirse plenamente en proyecto de país y en relato nacional.

El Festival Flor de Guate ha dado, precisamente, un gran paso al reafirmarse en esa posición de defensa de una cultura nacional democrática, que incluye todas las expresiones histórico-culturales del istmo. Así, se transforma en un motor de fortalecimiento del tejido histórico-cultural de Atalaya, de Veraguas y, por extensión, de la diversidad cultural panameña.

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